Un análisis sobre el límite entre el discurso de campaña, la neutralidad en las aulas y el costo político de priorizar la confrontación.

El presidente Milei ofrece su discurso en el podio de la ORT. Fuente: Diario La Nación

La visita del presidente Javier Milei al Colegio ORT de Almagro comenzó bajo el lema "La ética como política de Estado", pero derivó rápidamente en un episodio de alta tensión. Frente a un auditorio de estudiantes secundarios, el mandatario alentó a los jóvenes a abuchear e insultar a la prensa, desatando una fuerte polémica. La reacción se trasladó de inmediato a las afueras del establecimiento y a las redes sociales: vecinos, exalumnos, docentes y familias manifestaron su repudio, argumentando que sus dichos fomentan el odio y dañan la convivencia cívica.

Presentar una disertación sobre ética pública y derivar en la instigación abierta contra el periodismo genera un cortocircuito evidente. La ética de Estado exige ejemplaridad, respeto por las garantías republicanas y defensa de la libertad de expresión. Cuando la máxima autoridad del país utiliza una actividad escolar para librar batallas mediáticas, el concepto teórico se vacía de contenido y la investidura presidencial se degrada a una simple tribuna de confrontación.

El protocolo presidencial existe para cuidar la institucionalidad y adaptar la vocería al ámbito de recepción. Las escuelas son entornos protegidos por el principio de neutralidad formativa. Convertir un estrado académico en un espacio de agitación y utilizar a un público cautivo de menores para validar el agravio rompe las pautas básicas de la convivencia democrática.

Javier Milei demuestra una decisión consciente de sostener un discurso violento sin importar el desgaste de su propia imagen. La paradoja es profunda: el segmento joven fue el motor decisivo que lo llevó a la presidencia a través del voto.

Llevar la lógica de la agresión directamente al ámbito escolar no solo degrada el rol de jefe de Estado, sino que arriesga el capital político con la misma generación que confió en su proyecto para construir un futuro distinto.

El impacto de la visita fue más allá del discurso del Presidente. La ORT, una institución ligada históricamente al pluralismo y la tolerancia, quedó envuelta en una crisis de imagen que no buscó. El rechazo orgánico de familias y egresados demuestra el peligro de llevar la polarización política a espacios civiles neutros: terminar arrastrando a las instituciones a un conflicto ajeno que solo genera división.

La verdadera ética de Estado se demuestra en los hechos, en el respeto a las normas y en la protección de los espacios comunes. Distinguir el tono de agitación del rol de gobernar es indispensable para no dañar la formación cívica de las nuevas generaciones ni erosionar la confianza de quienes depositaron su voto en el poder central.