La administración del gobernador Osvaldo Jaldo lanzó con bombos y platillos la segunda etapa de una capacitación en Inteligencia Artificial para docentes. Para las cámaras y los medios de comunicación, el anuncio suena a innovación de primer mundo. Pero al bajar a la realidad de las escuelas públicas de la provincia, la medida choca de frente con la inoperancia y termina sonando a una burla. Pretender hablar de vanguardia tecnológica sin resolver los problemas más urgentes del sistema es puro marketing político montado sobre una gestión vacía.
El nivel de parálisis es tan evidente que ni siquiera los anuncios son propios. La ministra de Educación, Susana Montaldo, encabeza una cartera sin iniciativa alguna, dedicada a colgarse medallas ajenas para disimular su inactividad. De hecho, el curso de inteligencia artificial que hoy celebra su ministerio fue gestionado y traccionado íntegramente por el Instituto de Desarrollo Productivo (IDEP). Y cuando las carencias del sistema que ella conduce quedan a la vista, su única estrategia conocida es repartir culpas a terceros, negándose a asumir la responsabilidad por las escuelas que se caen a pedazos o los salarios de miseria.
Este vacío de gestión genera un choque brutal en las mismas aulas, donde reina un doble discurso insostenible. Por un lado, los funcionarios piden innovación y arman cursos sobre algoritmos; pero por el otro, los directores y supervisores siguen exigiendo que se trabaje como en el siglo pasado. En la práctica, al docente le enseñan a usar inteligencia artificial, pero después lo obligan a presentar planificaciones en papel, a llenar planillas a mano y a pedirles a los alumnos que armen carpetas tradicionales. Es imposible modernizar la educación si las autoridades siguen evaluando con reglas estancadas en lo analógico.
A esta contradicción se suma la asfixia económica. Exigirle a un docente que sea un pionero digital mientras su sueldo lo deja por debajo de la línea de pobreza es una falta de respeto. No hay curso de tecnología que compense la angustia de un maestro que tiene que correr entre tres escuelas distintas para poder llegar a fin de mes. Ningún docente precarizado puede liderar un cambio de época.
Y si miramos los edificios, el panorama es todavía peor. Nos hablan de la nube y de herramientas digitales en escuelas que directamente no tienen internet, donde los techos se llueven cada vez que hay tormenta, donde los ventiladores no andan y los baños están clausurados. Básicamente, el gobierno intenta instalar un programa de última generación en una computadora rota que ni siquiera enciende.
Tampoco se puede dejar pasar la trampa que hay detrás de la carrera docente. Mientras el Estado promociona estos cursos gratuitos para salir en la foto oficial, el sistema real de puntajes funciona cada vez más como un negocio privado. Hoy, para sumar los puntos necesarios para titularizar o ascender, el docente tucumano tiene que pagar de su propio bolsillo capacitaciones carísimas. Con un sueldo de pobreza, los terminan obligando a comprar los puntos que necesitan para asegurar su trabajo.
La gestión pública exige ordenar las prioridades y dejar de buscar excusas. La inteligencia artificial es una herramienta clave, pero el Estado provincial necesita poner los pies sobre la tierra. Antes de pedir innovación prestada, el Ministerio de Educación tiene que alinear su propio discurso y permitir que en las escuelas se trabaje en formato digital. Hay que pagar sueldos que cubran la canasta básica, arreglar los techos, poner wifi en todos los establecimientos y garantizar que los docentes puedan sumar puntaje de forma gratuita.
Hasta que el gobierno no asuma estas deudas básicas con el sistema educativo y deje de repartir culpas, los anuncios tecnológicos van a seguir siendo un cuento de ciencia ficción.
