Más allá de la ruptura política con el orden colonial, la Revolución de Mayo de 1810 marcó el nacimiento de la identidad institucional de la República. Desde la perspectiva del ceremonial y las ciencias políticas, desde Sello 360 analizamos cómo la Primera Junta necesitó de un ordenamiento formal estricto para fundar su legitimidad y proyectar autoridad jurídica ante el mundo. 

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El 25 de mayo no representa únicamente un cambio de nombres en la cúspide del poder local; representa la fundación de una nueva arquitectura administrativa. Cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata desplazaron al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, el desafío inmediato de la Primera Junta de Gobierno fue consolidar su obediencia y reconocimiento. En ese preciso instante, la política comprendió que las ideas revolucionarias carecían de fuerza si no se materializaban en un marco de respeto, jerarquía y ceremonial oficial. Las formas se convirtieron en la primera trinchera de la soberanía.

Mariano Moreno y el fin de los privilegios monárquicos

El indicador histórico y documental más contundente de esta necesidad fue redactado por el secretario Mariano Moreno. El conflicto de autoridad surgido tras el banquete en el cuartel de Patricios, donde se brindó de manera excesiva por el presidente de la Junta, Cornelio Saavedra, motivó la creación del histórico Decreto de Supresión de Honores del Presidente, firmado el 6 de diciembre de 1810.

Decreto de Supresión de Honores, 6 de diciembre de 1810. Fuente: El Historiador 

Este documento constituye el primer reglamento de precedencias y Ceremonial de Estado del suelo patrio. Su tesis central establecía que los honores y la jerarquía pertenecían estrictamente a la institución (la Junta de Gobierno en corporación) y no a los individuos que la integraban. Al normar los tratamientos oficiales, los ingresos a los actos públicos y la prohibición de prerrogativas personales para el presidente del cuerpo, el nuevo orden jurídico utilizó el ceremonial para erradicar el modelo absolutista y fundar la cultura de la responsabilidad administrativa que hoy rige al "círculo rojo".

El Tedeum como puente de previsibilidad institucional

Otro eje del Ceremonial de Estado que nació con la Revolución y conserva su plena vigencia en la actualidad es la celebración del Tedeum (del latín, A ti, Dios). El 30 de mayo de 1810, la Junta asistió en corporación a la Iglesia Catedral de Buenos Aires para la primera liturgia de acción de gracias por el nuevo gobierno, fijando un precedente que vinculó la liturgia con la asunción de la autoridad civil.

Desde entonces, el ceremonial del Tedeum se consolidó como el escenario definitivo donde el poder político de turno valida su relación con los distintos sectores de la sociedad. El orden de ingreso a los templos, la asignación de los asientos en las naves principales y los saludos oficiales entre los jefes de Estado y las autoridades eclesiásticas no son detalles decorativos. Son mensajes políticos cifrados que garantizan dos activos estratégicos.

Por un lado, el estricto apego al orden de precedencia de los tres poderes de la República en el Tedeum evita lecturas de ruptura o tensión política. Por el otro, en momentos de alta volatilidad social, la uniformidad y solemnidad de estos actos son el termómetro con el que los mercados y los observadores internacionales miden la estabilidad y la madurez de un país.

A 216 años de la gesta de mayo, la lección que los hombres de 1810 legaron a la consultoría moderna es innegable. La Revolución de Mayo no se limitó a proclamar la libertad en los cabildos; necesitó estructurar un lenguaje formal, una heráldica y un Ceremonial de Estado propio para ser tratada como un igual ante las naciones del mundo. Para los líderes corporativos y los funcionarios del sector público de la actualidad, recordar el 25 de mayo desde su rigor institucional es comprender que la seriedad y la calidad de una gestión nunca se demuestran en la improvisación del espectáculo, sino en el respeto absoluto por las formas de la República.