El Tedeum en la Catedral Metropolitana funciona como el termómetro protocolar más preciso de la política argentina. En el 216° aniversario de la Revolución de Mayo, la disposición de las autoridades y la liturgia oficial dejaron en evidencia las reconfiguraciones de alianzas y las fracturas internas del Poder Ejecutivo. Cuando las tensiones políticas aumentan, el Ceremonial de Estado deja de ser una mera formalidad para convertirse en la puesta en escena de la realidad del poder.
La primera señal contundente de la jornada se dio en las escalinatas del templo y expuso una notable diferencia con lo ocurrido en la ceremonia del año pasado. El saludo afectuoso y el abrazo entre el presidente Javier Milei y el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, marcó un punto de inflexión. Si en 2025 el frío saludo y la distancia reflejaron el malestar del oficialismo tras la fuerte disputa electoral en la Ciudad de Buenos Aires, el gesto de ayer escenificó el cierre de esa etapa y la consolidación de un esquema de cooperación política estable entre La Libertad Avanza y el PRO. En el lenguaje de las formas oficiales, un abrazo en la entrada de la Catedral es una declaración pública de sociedad política.
Sin embargo, el dato central que alteró la arquitectura institucional de la fecha patria fue una ausencia planificada. La vicepresidenta de la Nación y titular del Senado, Victoria Villarruel, no formó parte de la delegación oficial. La confirmación por parte del propio Arzobispado de que la decisión de excluirla de las invitaciones provino directamente del núcleo de la Casa Rosada corrió el velo de cualquier especulación logística. Desde la mirada técnica de la consultoría institucional, forzar un vacío de la segunda autoridad del Estado en el acto más importante del año no representa un detalle menor; es la manifestación física de un quiebre en la fórmula de gobierno y una alteración directa del orden de precedencia republicano.
Esta ruptura se hizo visible desde el inicio del trayecto. La tradicional caminata de la delegación presidencial a lo largo de la Plaza de Mayo hacia la Catedral, que por normativa debe respetar una rigurosa precedencia lineal, lució desarticulada. Al faltar la vicepresidenta, el orden protocolar quedó trunco en su segundo eslabón más alto, una anomalía visual y jurídica que los observadores internacionales registran de inmediato como un indicador de inestabilidad en la cúspide del poder.
Frente a este escenario de fractura expuesta, la homilía de monseñor Jorge García Cuerva operó como el contrapeso discursivo de la jornada. El arzobispo utilizó el altar para lanzar duras advertencias sociales sobre la situación de los jubilados y las personas con discapacidad, pero el pasaje que mayor impacto político causó en el gabinete presente fue su condena al «terrorismo de las redes sociales» y el accionar de los «haters». Al apuntar contra la violencia digital como un factor que profundiza la polarización y destruye el diálogo, la Iglesia no solo leyó la realidad social, sino que criticó de frente la principal matriz de comunicación y confrontación que utiliza el propio oficialismo.
El desaire institucional se confirmó en el momento más simbólico de la liturgia eclesiástica: el rito de la paz. El tradicional intercambio del saludo, que históricamente sirve para que las máximas autoridades del país muestren una imagen de concordia ante las cámaras, quedó reducido a un trámite frío y endogámico entre el presidente y sus ministros más fieles, perdiendo su verdadera función ecuménica.
El saldo que dejó este 25 de mayo confirma que en los palcos del poder nada queda librado al azar. El Gobierno nacional buscó proyectar una imagen de cohesión y unidad sentando en primera línea a sus ministros y asesores más cercanos tras una hora de reunión de gabinete posterior. A pesar del esfuerzo por simular normalidad, las formas terminaron hablando por sí solas. La reconciliación con el gobierno porteño, el desplazamiento explícito de la vicepresidenta y una homilía eclesiástica incómoda demuestran que el Tedeum sigue siendo el escenario definitivo donde la política expone sus verdaderas cartas.








